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La Coctelera

Chica Lista

La vida es un caos y yo soy una chica ordenada. Por eso hago listas.

11 Septiembre 2014

Diez motivos por los que amamos el cloro I (por David Moralejo)

Y así, una tarde tonta de verano, David Moralejo y yo llegamos a una conclusión: había que hacerle un homenaje al cloro. Porque vive horas bajas, porque queda poco verano, porque nos ha hecho felices y porque sí.. Decidimos dedicarle una lista a cuatro manos, más bien una elegía, que siempre es más solemne y el cloro lo merece todo. Al final, serán dos lista, porque son demasiadas razones para amarlo. Y porque David, inconsciente y generoso, merece todos los honores para él solo.
*Esta lista es, en realidad, una excusa para abrir la puerta de Chicalista a esos que andan por ahí garabateando listas. Para que nos lo sigamos pasando bien y ordenando el mundo.
Con todos ustedes, la "Elegía al cloro" de David Moralejo.
Elegía. Dícese de aquel que eligió pero ya no; y si ya no es porque no puede, porque no hay elección, como en el caso que hoy nos da carrete.

Elegía. Dícese también de la composición poética del género lírico en la que se lamenta la muerte de una persona o cualquier otro caso o acontecimiento digno de ser llorado. 

Ay.

Lo que no sabíamos muchos hasta que el diccionario nos dio luz, bendita RAE, es que entre los griegos y latinos se componía de hexámetros y pentámetros y admitía también asuntos placenteros. 

Oh, el placer. Vamos bien.

Hexámetros y pentámetros no voy a escribir porque tal liada solo tendría sentido si este rincón se llamase chicahexámetros o chicapentámetros. Pero se llama Chicalista así que haré una lista. Una elegía lista.
Lista, triste y epicúrea, todo a la vez, un cruce de esas emociones tontorronas que llegan cuando septiembre cae de golpe; cuando comienza el baile de hamacas arrastradas en pos del último sol; cuando el verano ya caput por más que escondamos los calcetines.
Os pongo en antecedentes (en más todavía): tengo la suerte de conocer a Chicalista desde hace algún que otro bello verano.  El caso es que un día, charla que te charla, descubrimos que teníamos algo (más) en común: una fascinación casi enfermiza por las piscinas, esos charcos de azulejo y cloro que el hombre, codicioso, inventó para ser dueño de arrogantes océanos de agua estancada. Meses después, mientras Chicalista soñaba con piscinas y yo piscineaba entre sueños, una ristra de whastapps me trajo hasta aquí porque ella me invitó y yo acepté emocionado. Para no. Juntos escribiríamos una elegía al cloro por aquello de despedir el verano con cierto boato químico. Por aquello de decir adiós a las piscinas a cielo abierto antes de dar la bienvenida a la temporada del otro cloro, el evaporado, ese que se impregna en los gorros (floreados) de las señoras que practican aquagym, de los niños que aprenden a ser peces y de los atletas que prefieren calles de eslabones para, de vez en cuando, pasar por debajo y pellizcar un muslo.
No antecedo más. Dejémonos de chapuceos y aquí va mi lista para Chicalista con las '10 razones por las que amo (amamos) el cloro'
1. Porque yo (y esto es primicia mundial, amén de cero interesante) aprendí a nadar en una piscina. Bueno, en dos. Tras un centrifugado con siete vueltas de campana sufrido por el embiste de una ola cantábrica, le cogí cierta aprensión al mar, así que mi madre no sabía qué hacer para que me arrancase por naderías. Finalmente lo consiguió una tía mía en un club muy fetén de Sanxenxo y remató la faena otro tío cuya piscina chaletera era lo plus de la sierra madrileña allá por los 80. Conclusión: a mí lo que me pasaba no es que tuviera miedo, es que necesitaba lujo. Lujo embotellado.
2. Porque de niño siempre soñaba con tener una furgoneta pick up para llenar la parte trasera de agua e ir ahí, a remojo. Mentira. Sigo soñándolo.
3. Porque El nadador, de John Cheever, es el más fascinante relato sobre piscinas que he leído en mi vida. Y porque también lo hay en película, The Swimmer, protagonizada por Burt Lancaster y tan recomendable que deberíais dejar de leer esto y verla ya mismo.
4. Porque sin La Piscine, de Jacques Deray, el mundo sería más feo. Vale, quizá en este asunto pese más que salen Romy Schneider, Jane Birkin, Maurice Ronet y Alain Delon, pero es que ojo: salen en bikini y meyba.
5. Porque ese 'baile de hamacas arrastradas' que os decía arriba es puro plagio a la escena inicial más apabullante de la historia del cine, esa que podéis ver en La ciénaga, de Lucrecia Martel.
6. Porque siempre quiero ir a hoteles con piscina. Aunque sea invierno. Aunque sea Helsinki. Aunque sea para un rato. Necesito ver ese charco como sea, incluso me conformo con hacerlo en el scroll de imágenes de su web. No sé. Comprobar que el cloro flota en el ambiente me da paz.
7. Porque Benjamin Braddock, que estaba tan preocupado por su futuro, se relajaba en una piscina alucinante mientras Mrs. Robinson intentaba llevárselo al huerto. Qué escena. Hey hey hey.
8. Porque tú y yo nos vamos los fines de semana a inhalar cloro clandestino, el de esa azotea que una vez fue secreta pero desde lo de Instagram ya poco.
9. Porque fue Chicalista, fuiste tú Chicalista, quien me descubrió que la Piscina Molitor ha abierto de nuevo. O sea, que ya tenemos excusa para volver a París todo el tiempo.
10. Porque una de las canciones del verano (de este, quiero decir) ha sido Swimming Pool Blues, de Miniature Tigers, que, aparte de temazo, viene al pelo para echar el telón.
Nos vemos entre el cloro. Pero cuidado con abrir mucho los ojos, que pica.

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4 Septiembre 2014

Siete motivos por los que sólo puedo defender a septiembre: precrastinación, cucharas, Paris, La Isla Mínima, etc.

Septiembre no necesita ni defensa, mi defensa. Pero aquí van algunos motivos que lo colocan, junto con junio, en el top de los mejores meses del año..

1. Paris. En septiembre, desde hace años, siempre voy a Paris. Sí, esa ciudad con esa alcaldesa. Me gusta sacar la ropa de otoño, quejarme de que, vaya, siempre llueve una tarde y de que el queso de la sopa de cebolla la hace complicada de comer. Me gusta pensar que en unos días dormiré en el Hôtel de Sèze, comeré en Camelia y pasearé por la Le Jeune Rue. Me gustan los rituales, sobre todo si implican mantequilla y cielos grises. Los cielos grises favorecen.

2. Vuelve Dianne. Dianne Lockart, claro: ¿hay otra? Y Alicia. Y Eli. Vuelven las series como The Good Wife tras un verano que nos aparecido eterno. Igual lo ha sido. Llega a España, Nessa Stein; Nessa, un nuevo arquetipo de mujer con el que no contábamos. Esta mujer es el personaje que interpreta Maggie Gyllenhaal en de The Honourable Woman, que estrena Canal + en otoño. Es nuestra nueva serie favorita; también el nuevo armario que queremos.

3. Es el mes de la precrastinación, concepto del que escribe mi admirada y querida Vicky Vilches en Esquire. Yo soy más de precrastinar que de procrastinar. Soy de hacer ayer lo que podía hacer hoy. Me gusta ir llenando la agenda de tareas y cerrarlas cuanto antes. Me gustan las listas pero, sobre todo, me gusta tachar listas. Y pronto, para así hacer otras...

4. Las sorpresas. En septiembre, de repente, te dicen que eres una mujer TAG Heuer. Tú, que no eres una mujer nada. Y te mueres de risa, claro. Y recuerdas una noche en la que te dijeron que te presentaras en una dirección del centro de Madrid. Era la Casa Palacio de Duarte Pinto Coehlo, pero tú no lo sabías. Subiste las escaleras y, ta chán ta chán, te tocó una varita mágica. En poco tiempo estaba maquillada y tenía un reloj impactante en la muñeca. Y en plena ensoñación y, mirando la hora cada segundo, supe que eso de regalar, en una pedida de mano, sólo un reloj no era interesante. Que los dos novios merecían su reloj y que por eso esta marca lanzaba su Bridal Kit. Y estaba yo con mi champagne en la mano mientras me enteraba de todo esto. Y yo seguía mirando el reloj. Y un día me mandaron esta foto y me vi, tan loquiana, con ese reloj que no paraba de mirar y me entró ente pudor y emoción.

5. El primer calcetín. Uno de mis momentos favoritos del años es ese en que te pones, por primera vez, un calcetin después de meses con los pies desnudos. Ese momento es como comer una sopa recién hecha y caliente. La ropa de invierno es más bonita y más difícil que la de verano; no entraremos en si es más bonita porque es más difícil ni si extrapolamos eso a otros temas. Además, los calcetines son una prenda perfecta y una potentísima herramienta de expresión. Dicen mucho más de nosotros que quince vestidos de verano. Desde el respeto, vestidos de verano.

6. Vuelve la cuchara. Mi cucharafilia es harto conocida; por cierto, tenías ganas de escribir "harto" en ese contexto. En septiembre se dejan atrás las sopas frías (salmorejo, estás delicioso pero tras cien litros/kilos me has saturado). Ahora llega la artillería pesada: las sopas calientes, las alubias, las lentejas y los garbanzos. Comienza la época en la que empiezo a perseguir las mejores sopas de Madrid, donde busco esas sopas thais que contienen toda la pirámide alimenticia, me atrevo con sopas finlandesas algunos domingos tontos, sigo el rastro de arroces caldosos y elijo destinos en función de sus sopas. Es el momento dejar aparcado el tenedor, tan agresivo. La cuchara, que llega en septiembre, se comporta de manera más cariñosa, acariciando los platos.

*Cucharas del diseñador noruego Stian Korntved Ruud vía Dezeen

7. Llegan Boyhood y La Isla Mínima. No soy de esas personas que necesitan ver las películas, leer los libros ni viajar a las ciudades para saber si le gustan o no. Me temo que no. Lo sé antes. Manejo suficiente información, me fío de las personas correctas y me conozco lo suficiente como para ir sólo a (mi) caballo ganador. Una pequeña dosis de soberbia ahorra tiempo. Y la vida es corta, aunque sea ancha y en ella quepan muchas cosas. Sé, sin verlas, que las últimas películas de Linklater (mon amour) y de Alberto Rodríguez (esas marismas a lo True Detective) me van a encantar. Me conozco. Son muchos años.

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21 Junio 2014

Cinco cosas que todo el mundo adora y yo, en fin, depende

 

1. Las terrazas.

Me gustan las buenas, las de Paris, donde se fraguaban las revoluciones burguesas y hoy nos despluman, donde nadie se mira cara a cara. Me gustan las de las fotografías de Cartier-Bresson (atención, exposición en Fundación Mapfre) y las de Robert Doisneau y Capa. Me gusta la del Círculo de Bellas Artes, cuando a las 9 de la noche, en verano, el cielo revienta. Me gusta la del Sculpture Garden del MoMA, con su cemento y sus Bertoia y la del Metropolitan. Me gusta la del Peninsula de Shanghai, que sobrevuela el presente y el futuro. Me gustan las de la calle Betis, a orillas del Guadalquivir, donde como tomate aliñado y sardinas asadas. Me gustan las de mi casa, donde siempre pasan cosas buenas.

PERO detesto las terrazas a cualquier precio. Y, sobre todo, a algunos precios. No entiendo las que pegan a la carretera; aprendamos de la vieja Europa: las sillas se pegan a la pared, no a los coches; así la ciudad se convierte en un desfile de moda. Me resulta inconcebible un fenómeno madrileño: terrazas en cuesta, servicio atroz, precios dignos de un Shangri-La y todo muy lejos de Shangri-La. Eso no quiere decir que no las cultive y las pueda llegar a disfrutar mucho. Pero desde aquí lanzo un grito furioso: dignifiquemos las terrazas. Concejala de terrazas, ya.

2. Los cocktails

Me gustan los que sirven, con calma, en ese trocito de cielo llamado Royal Mansour; los que prepara Javier de las Muelas. Me gustan los que, de repente, se marca algún amigo casi sin pedírselo y sin fanfarria. Me gustan los muy simples que, incluso yo, me atrevo a preparar cuando nadie me lo pide. Me gusta el gin-tonic de señor (o señora) inglés de setenta años, el Campari Naranja y algo, poco, más.

PERO no soporto la sobredosis de cocktails, la pirotecnia de barra de bar, que sean el único reclamo de algunos lugares, las bebidas de colores raros y que supongan que porque soy una chica me van a gustar. Tampoco que cobren sin, por supuesto merecerlo, el equivalente a una camiseta de COS en rebajas. Prefiero la camiseta siempre.

3. Los barcos

Me gusta la fantasía (fan-ta-sía) de un verano de camisas blancas en velero a lo Ripley. Me gusta pasar un día con el pelo ingobernable de sal, en el Mediterráneo. Me gusta el barquito que cruza la ría de Tavira. Me gustó navegar alrededor de Hong Kong hace años, también montarme en un barco de la America´s Cup en San Francisco. Me gustará navegar por el Amazonas, por el Canal du Midi y por supuesto hacer el Road to Mandalay de Belmond.

PERO no quiero pasar unas vacaciones sin pisar tierra firme. No me gustan los ferrys y las zodiacs que siempre se terminan moviendo muchísimo porque el viento no pide permiso. No, por favor, eso no. Yo, que tengo una mente y un alma muy tambaleantes, necesito solidez bajo mis pies.

4. Las ciudades demasiado bonitas

Como todo aquel que pasó la infancia y parte de la adolescencia con gafas de cristales gruesos soy muy sensible a la belleza. A la convencional y a la que me invento. Me gustan mucho Paris, Venecia, Nueva York, Sevilla y San Sebastián; lo contrario sería incomprensible. Hasta estas ciudades tienen su lado menos hermoso y eso es lo que las hace grandes.

PERO hay otras ciudades (colocar aquí nombres varios) que me interesan solo un día. Y a mí, que me gusta tanto repetir destino, eso solo me sirve...una vez. Son como esas películas de las que se sale diciendo: "muy bonitos el vestuario y la fotografía". Son como esos guapos y guapas oficiales que nunca han tenido que ser nada más y terminan devorados por su belleza sin poder crecer. Esos parques temáticos de la belleza oficial me aburren porque se convierten en Gloria Swanson en Sunset Boulevard. En cambio, adoro Mexico DF, Oslo, Berlin, Miami, Madrid, Tokio y necesito con urgencia ir a Brasilia. Me gustan las ciudades con narices largas, las ciudades guapifeas.

5. La comida japonesa

Amo la cocina japonesa. Mucho. Muy fuerte. Uno de mis platos favoritos de Madrid es el Katsu-karē del Naomi. Me encanta comer allí cada poco tiempo. Me gustan sus berenjenas con tofu, el aperitivo de atún seco, los maki, sashimi y nigiris. Cada vez que voy a Japón muero de felicidad ante cuencos de ramen y peces que no conozco y no sé si quiero conocer. Quiero ir a cenar al nuevo Green Tea del hotel Palace. En invierno ceno muchas noches sopas de miso y anteayer preparé edamame.

PERO qué culpa tiene el sushi (y alrededores) de su banalización. Preparar comida japonesa es complicado y algunos españoles lo hacen con una maestría brutal. Pero no todo el mundo sabe hacerlo. Es imposible que todos sirvan, de repente, buenos makis, sashimi y nigiris. Que todos sepamos comprar el pescado perfecto y cortarlo. ¿Por qué rellenar california rolls de cualquier cosa sin control? ¿Por qué usar tanto la imaginación? Cocinar en tempura no es rebozar. El arroz de los maki no es arroz hervido ni el wasabi es verde flúor. Paremos esto. No. En serio. No.

Imagen. Robert Capa: Alla and her dog sitting at Cafe de Flore,Paris1952

 

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30 Marzo 2014

Diez de las muchas cosas (importantísimas todas) que he hecho en la última semana

1. Comenzar el libro All That Is, de James Salter recién traído de Strand por alguien que me conoce muy bien. En una entrevista el escritor dijo que quería escribir un libro en el que nadie subrayara nada en ninguna página. Entonces, ¿dejo el lápiz, señor Salter?

2. Pensar mucho si comprarme o no unas Nike. Conjugar varias veces los verbos "querer", "necesitar" y hasta "deber"

3. Asistir a la fiesta del 10º Aniversario del Master de Comunicación y Moda del IED, en el que doy clase desde que nació. Qué bonito ver a los alumnos tan contentos, trabajando tan bien. Ellos podrían ser mis profesores ahora. Egonota: me dieron, oh sorpresa, un diploma y un broche de Anna Tomich.

4. Terminar de ver Girls. Sí, soy de la mitad del mundo que es pro-Girls. Ver The Grand Budapest Hotel. Soy de la mitad del mundo pro-el melancólico Wes Anderson.

5. Mirar las seis botellas que tengo en el frigorífico de zumos naturales de Drink6 esperando encontrar un día para beberlos. Toxinas, fuera de mí.

6. Comer uno de mis platos favoritos y menos fotogénicos de Madrid: el katsurei del Naomi. Y uno de los más deliciosos de los últimos meses: las zamburiñas de La Tasquita de Enfrente. Y asombrarme del olfato de Juanjo: averiguó mi perfume, que es todo menos fácil.

7. Enfrentarme el episodio de The Good Wife en el que pasa #lodeTheGoodWife, gran término acuñado por mi venerado Alberto Rey.

8. Escuchar el nuevo disco de Jorge Drexler, Universos Paralelos. Y, de paso, volver a los clásicos y recordar las verdades que encierran temazos como "La vida es más compleja de lo que parece". Es la banda sonora de esos momentos en los que el velo semitransparente del desasosiego se instala entre el mundo y mis ojos.Qué canción tan desarmante.

9. Retomar la idea de ir este verano a Metohi Kindelis, en Creta. Quiero comer los famosos aguacates que cultivan los Kindeli.

10. Visitar, yo y cientos de personas más, la exposición de Pixar en el Caixaforum. Sin ser muy pixarómana me emocionó ver tanto niños felices.

11. Comenzar la maleta mental de mi escapada italiana. Soñar, dormida y despierta, con Morandi, mortadela y Spritz.

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21 Marzo 2014

Once cosas que aprendí el pasado fin de semana en Paris sobre Hermès y Paris

1. El Grand Palais fue concebido para competiciones ecuestres. Llevaba medio siglo dedicado a otras tareas hasta que llegó Hermès y lo reivindicó. Ahora, y desde hace cinco años, bajo su cubierta de acero y cristal, se celebra el Saut Hermés. El mundo no está preparado para tanta belleza. Los parisinos, sí.

Imagen: Hermès.

2. Phillippe Dumas es una gloria nacional para muchos niños adultos. Él ha escrito e ilustrado algunos de los cuentos infantiles que han leído un par de generaciones. Mucha gente desconoce que es parte de la familia Hermès.

3. Las sillas de montar de Hermès las realiza un solo artesano de principio a fin. Esta misma persona será la encargada de restaurarla de por vida. Esas son las condiciones para jinete y para artesano, que terminan teniendo una relación eterna.

4. Al Saut Hermès puede asistir cualquiera. Cualquiera que esté al tanto de cuando salen a la venta las entradas y las compre.

5. Bartabas es el fundador de la Escuela Ecuestre de Versalles y otra especie de gloria nacional. He aprendido que Versalles tiene una escuela ecuestre y un director con un nombre imposible de olvidar. Estos caballos y estos jinetes entrenan para sus espectáculos en los establos de Versalles. En la fotografía no se aprecia la velocidad a la que montaban las jinetes. Sin manos.

Imagen: Hermès.

6. Se puede integrar la tecnología en el mundo del lujo sin que resulte oportunista o barato. Miremos esta fotografía del Social Wall del Saut Hermès.

7. Hermès cuenta con un comité de color para sus pañuelos. El color es siempre, en esta casa, imprevisible e imaginativo. No sólo en los pañuelos, también en los zapatos y en estampados como el Equateur, uno de los más representativos. Las portadas de su colección de minilibros también demuestra que para saber mezclar así colores hay que llevar muchas décadas jugando con ellos.

8. La tienda de Les Arts Décoratifs, 107Rivoli, sigue siendo un imprescindible. Aunque vayas mil veces, aunque solo compres una postal o una bandeja de Hay. Siempre nos pensamos si llevar en el avión el catálogo de la exposición en curso. Esta duda es un clásico de las escapadas parisinas Paris

9. La terraza de la tienda de Hermès de la tienda del número 24 del Faubourg Saint-Honoré tiene un jardín. Y ese jardín lleva siendo cuidado, por la misma persona, desde hace veinte años. Chapeau.

10. Hermès tiene un doble vaso. Un vaso que puede ser usado por los dos lados. Tan simple como deseable.

11. Le Bristol, uno de mis hoteles favoritos del mundo, tiene su propio libro. Se llama Le Bristol, a Miscellany y lo deja en cada habitación como regalo. Está escrito en forma de miscelánea y cuenta historias como la siguiente. Durante la construcción del hotel, Hyppolyte Jammet trajo a su familia a vivir a la habitación 101 mientras terminaba su gran proyecto. Su hijo recién nacido dormía en un cajón que hacía las veces de cuna. Ese bebé era Pierre Jammet y 39 años después se convirtió en director del hotel.

 

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14 Febrero 2014

Cuatro lugares inesperados donde me he quedado dormida

Intro: Cuando tenía unos 8 o 9 años el psicólogo del colegio me dijo: “si solo pudieras pedir un deseo, ¿cuál sería?”. Yo respondí: “dormir cuando tenga sueño”. Lo mantengo. No soy dormilona ni tengo narcolepsia, nunca duermo más de 7 horas y me parece que levantarse tarde es decadente; pero dormir cuando llega el sueño (que llega, muchas veces, sin esperar) me sigue pareciendo el súmmum del lujo.

1. En un concierto de Katy Perry. Fue en Rock in Rio en Rio de Janeiro. Le podría echar la culpa al jet-lag, pero sería fácil. Llegó la hora de dormir y no podía volver al hotel. Me tumbé en el suelo y, bajo decenas de decibelios, me dormí. No me interesa Katy Perry.

2. En una barco recorriendo el Golfo Papagayo, en Costa Rica. En realidad no un barco: era una barca de pescadores y había siete personas más. También había un curioso oleaje y las olas nos empapaban. Me dormí un ratito, con la brisa de frente.

3. En el cuarto de baño de mi propia casa. Tenía invitados para cenar. Eran entretenidos y todo estaba saliendo bien. Pero sentí el sueño llegar como un tsunami. “Me perdonáis un momento” ¿Te encuentras bien?”, “Sí, perfectamente”. Me encerré en el cuarto de baño y me dormí unos minutos. Volví nueva, muy digna y me tomé el postre. Solo una persona se dio cuenta y aún nos reímos a carcajadas cuando lo recordamos.

4. En una ceremonia del té en el distrito de Nihonbashi, en Tokio. Llevaba un millón de horas sin dormir, la japonesa se movía con lentitud, la luz era tenue y todo estaba envuelto en una atmósfera ligera como el ala de una mariposa. Tuve que dormirme un par de minutos, claro.

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4 Febrero 2014

Diez tendencias viajeras para 2014 que revisaremos en 2015.

* Esta lista fue publicada en enero de 2014 para Vanity Fair. Escrita por mí, claro.

Viajar es estresante. Hay que saltar un obstáculo tras otro: decidir fecha, compañía, destino, hotel, barrio, restaurante y compartir todo esto. Es agotador física y emocionalmente, pero hacerlo nos hace más libres. Las tendencias existen para ayudar, piensen lo que piensen las almas cínicas; son paraguas que nos resguardan. Los viajes están sometidos a las tendencias como las sudaderas o los esmaltes de uñas. Solo que son mucho más edificantes (con su permiso, señores de la moda) que ellas.

1. Este será el año de Berlín (se cumplen 25 años de la caída del muro) y de Brasil y su Mundial de Fútbol. Son excusas, pero grandes y legítimas. Estas ciudades se defienden sin efemérides, pero si nos agarramos a ellas, mejor sacar billetes cuanto antes. También será el año de Cortázar: se cumple un siglo de su nacimiento. Nos aburriremos de ver reportajes tipo El Paris de la Maga y Argentina para cronopios y querremos repetir la aventura de seguir la autopista Paris-Marsella sin salir de la autopista. De hecho, puede que hasta yo contribuya al ruido cortazariano. En realidad, no nos vamos a aburrir porque disfrutaremos releyendo esas grandes guías de viajes inconscientes (como las mejores guías) que son Rayuela y Los Autonautas de la Cosmopista.

2. Viajar por viajar pierde puntos. Cada vez se viaja más para comer (esto lo saben en el País Vasco y en Perú), para descomprimir (en esto se basan sellos enteros como Banyan Tree y Six Senses), para ir de rebajas o outlets (Londres, Florencia, ¿me oís?), para asistir a concierto (¿verdad, Bayreuth?) o para visitar algunas expos como la de Bowie en Londres.

3. Las buenas guías de viaje, por alusiones, no estaban muertas: estaban repensándose. Las antiguas y clásicas (los libros de Chatwin y de Isak Dinesen) no necesitaban hacerlo. La nueva hornada de guías son útiles, hermosas, se mantienen en el tiempo y funcionan como pequeños fetiches. ¿Ejemplos? Las City Guides de Vuitton, las de Walk with Me de Madrid y las GoGo. Y las App…de esas hablaremos otro día.

4. No sabemos que nos deparará Instagram, pero con su voluntad esteticista y su afán de convertirnos a todos en artistas tiene recorrido para mucho tiempo más. Nuestra vanidad es insaciable. Hoteleros, restauradores: estáis vendidos; pero no nos toméis tan en serio: una foto es una foto es una foto.

5. La feria del viaje de lujo, ILTM (International Luxury Travel Market) se celebró en Cannes hace unas semanas. Es un equivalente a las semanas de la Moda de Paris, Milán y Nueva York juntas. Paul James, Global Brand Leader de St. Regis y The Luxury Collection y una de las personas que mejor teorizan sobre el nuevo lujo viajero nos contó que ahora es femenino, global y joven. Y vive hiperconectado. En Cannes también aprendimos que al lujo le espanta la palabra lujo y que hasta el término experiencia está superado, porque ahora se busca contenido para construir recuerdos. Nada más y nada menos.

6. En Cannes también confirmamos que los destinos más exclusivos son aquellos donde nadie va, como Kamtchatka, los que propone Silverseas y que parece casi un lugar mental. También a rincones como Almaty, donde Ritz-Carlton aterriza o a Yantarnny, donde Relais&Chateaux cuenta con un nuevo hotel. Pero también aquellos de siempre vistos bajo un prisma distinto. Y aquí cabe hasta el mundo Disney: Four Seasons abre hotel en su parque de Orlando. Paris y Londres siguen en cabeza. Los viejos rockeros nunca mueren.

7. Y ¿dónde tenemos que viajar? A la campiña inglesa, los Emiratos, Nicaragua, Colombia y a la China interior. Destinos para viajeros que ya han viajado mucho.

8. ¿La tecnología? Bien, gracias. Según Michael Hobson, Chief Marketing Manager de Mandarin Oriental “ su presencia será clave pero los principios de la hospitalidad serán los mismos: buena cama y buena comida”. Según yo, cama, ducha, desayuno y, a partir de ahí, hablamos. Probablemente, tu iPad (no el mío) me sobre.

9. Los trenes tienen la autoestima alta. La idea machadiana de viajar ligeros de equipaje nos gusta hasta que nos obligan (casi con vejaciones) a ello. Además, con los nuevos AVE Barcelona-Paris o Madrid-Marsella se abren las opciones. Las compañías aéreas y los aeropuertos hacen lo que pueden (mucho) por insuflar algo de placer en la experiencia de volar. Espero, eso sí, que este NO sea el año en el que el wifi se extienda a todos los aviones.

10. La obsesión por lo local va camino de convertirse en una neurosis. Cenar con locales ya es posible sin tener amigos en el destino. Webs como Eatwith lo permiten. Huelga hablar del éxito de Airbnb, que enferma a los hoteleros y alegra a los viajeros. Estos modelos de negocio permiten acceder barrios y lugares que de otra manera no conoceríamos y atrapar algo de el Santo Grial de los viajes: la esencia local.

Sin embargo (y aquí va el pensamiento incorrecto de 2014) quizás sería bueno relajarnos y asumir que, allá donde vayamos, siempre seremos viajeros y extraños. Y eso es bueno. Lo importante, siguiendo a Cortázar en su año, es que nos convirtamos en autonautas y elijamos nuestras propias cosmopistas.

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26 Diciembre 2013

Cinco momentos y cinco conclusiones

Según Instagram estos son mis momentazos de 2013.

De esta lista se puede extraer esta sublista:

Cinco conclusiones:

1. Donde esté una piscina que se quite un selfie.

2. La geometría y la simetría nos dan paz. Los espacios vacíos nos inquietan y nos gustan.

3. Dame una foto desde una terraza bien alta, dame una puesta de sol dramática y te daré muchos likes. Lo que funcionaba en la era pre-IG funciona hoy. Nada cambia tanto.

4. Yo tengo mucho menos tirón que los sitios que visito. Y no lo entiendo porque tengo un perfil que parece sacado de una obra de teatro de Lorca.

5. Paris está muy bien. Marrakech también, pero a Madrid...solo podemos quererla.

* Gracias, Instagram, por resolverme una lista.

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Sobre mí

La vida es un caos y yo soy una chica ordenada. Por eso hago listas. Ahora, Chicalista duerme: http://chicalista.tumblr.com/ También en Vanity Fair: http://blogs.revistavanityfair.es/radar/

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